¿Dejarías que un turista votara en la elección de tu país?

¿Dejarías que una persona que está de vacaciones eligiera a las autoridades de tu país?

Probablemente, la respuesta sería negativa. Un turista llega, recorre, disfruta y se va. Puede interesarse por lo que sucede, formarse una opinión e incluso expresar una crítica. Pero las consecuencias de las decisiones que contribuya a tomar recaerán, principalmente, sobre quienes permanecerán allí.

La comparación se refiere estrictamente a esa relación transitoria. Quienes migran, construyen una vida y forman parte de una comunidad están fuera de esta analogía. 

El turista representa aquí a quién puede participar de una decisión y retirarse antes de experimentar sus efectos.

Las inversiones turistas existen

Hoy eso es exactamente lo que sucede en buena parte de las empresas que cotizan en bolsa. Se entrega el voto —el poder real de decidir el rumbo de la compañía— a quien no tiene ningún interés en quedarse a conocer lo que está en juego.

Mientras conserve esa acción, una persona inversionista puede votar sobre decisiones que incidirán en el rumbo de la compañía, aunque su vínculo con ella dure apenas unos meses.

La duración del compromiso resulta irrelevante para distribuir el poder.

En cinco meses no se conoce un país, tampoco una empresa

A fines de la década de 1950, el período promedio de tenencia de una acción en la Bolsa de Nueva York se estimaba en ocho años. Hacia junio de 2020, esa estimación —calculada a partir de la rotación bursátil— había caído a 5,5 meses1.

Ocho años permitían atravesar ciclos de inversión, observar la implementación de una estrategia y evaluar decisiones por sus efectos. Cinco meses y medio pueden alcanzar para capturar una variación en el precio, pero difícilmente para comprender una cultura, acompañar una transformación o asumir responsabilidad por sus consecuencias.

Cinco meses y medio. En ese plazo, un inversionista no tiene ninguna oportunidad real de conocer los fundamentos de una compañía, ni su cultura, ni su propósito. Lo que busca es el próximo movimiento especulativo que le entregue una rentabilidad rápida. Es, literalmente, un turista: entra, mira el precio, se va. Y sin embargo, ese mismo turista tiene el mismo voto que quien lleva veinte años construyendo la compañía.

Así, una misma acción puede pasar por distintas manos en pocos años. Mientras tanto, quienes trabajan en la empresa, desarrollan relaciones con sus clientes y proveedores o viven en los territorios donde opera seguirán vinculados con ella. Sin embargo, muchas veces participan poco —o nada— de las decisiones centrales.

La propiedad distribuye poder

La propiedad responsable parte de reconocer que la estructura de propiedad nunca es neutral. Define quién puede decidir, qué intereses tienen prioridad y qué sucede cuando la rentabilidad de corto plazo entra en tensión con la continuidad de la empresa o con su propósito.

Modelos como la steward ownership separan los derechos económicos de los derechos políticos. Quienes aportan capital pueden recibir una rentabilidad justa, pero esa inversión no les concede automáticamente el poder de redefinir el propósito o disponer de la compañía como un activo para vender.

El control queda en manos de personas vinculadas con la empresa, su actividad y su misión. Personas custodias que ejercen los derechos de voto con una responsabilidad de largo plazo.

La pregunta que importa

Un turista tiene derecho a visitar, participar de la vida económica y marcharse cuando lo desee. Un vínculo diseñado para ser transitorio no puede otorgar consecuencias que otras personas deberán sostener durante años.

En las empresas ocurre algo similar. Quien puede vender mañana posee, en muchos casos, más capacidad de decisión que quienes seguirán trabajando, produciendo, innovando y conviviendo con el impacto de esas decisiones.

Entonces, la pregunta relevante ya no es solamente quién puede invertir en una empresa.

Es quién debería tener derecho a votar el futuro de tu empresa.

  1. ↩︎

Bonus track: BAD BUNNY – TURISTA

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