Propiedad que cuida: una mirada sobre la salud mental

por Guadalupe López

Durante mucho tiempo, la salud mental fue empujada al terreno de lo íntimo, rodeada de silencios y estigmas. Que hoy podamos hablar más abiertamente de lo que nos pasa es, sin dudas, un avance. Sin embargo, existe el riesgo de que esa conversación quede atrapada en una mirada exclusivamente individual. Predominan los discursos acerca de que debemos aprender a gestionar nuestras emociones, fortalecer nuestra resiliencia, establecer límites y encontrar, siempre desde un proceso individual, las herramientas necesarias para estar bien.

La terapia, el descanso, el auto cuidado y los recursos personales son valiosos. Pero resultan insuficientes cuando se espera que compensen, por sí solos, condiciones de vida y de trabajo atravesadas por la incertidumbre, la precarización, la sobreexigencia, la soledad o la falta de reconocimiento.

Esta conversación adquiere especial urgencia en América Latina y el Caribe. Según el PNUD, una de cada cuatro personas de la región experimentará un trastorno de salud mental a lo largo de su vida. En 2021, el 7,3 % de la población vivía con un trastorno de ansiedad, frente al 4,7 % global, mientras que la mayoría de los países destinaba menos del 3 % de sus presupuestos de salud a la salud mental. El análisis también señala la incertidumbre económica, la hiperconectividad y el debilitamiento de los lazos comunitarios entre los factores que profundizan este escenario. Los datos permiten reconocer una problemática pública y estructural, atravesada además por desigualdades de género y de acceso. (PNUD)

La salud mental es una experiencia personal, pero nunca exclusivamente privada. Depende de los vínculos que sostenemos, en las organizaciones que habitamos y en las condiciones materiales que hacen posible nuestra vida.

La comunidad como infraestructura del bienestar

Nuestra identidad tampoco se construye en singular. Nos reconocemos a través de historias, afectos, lenguajes y experiencias compartidas. Necesitamos pertenecer, sentir que nuestra voz importa y saber que, en momentos de fragilidad, existen redes capaces de sostenernos.

Por eso, hablar de salud mental también implica repensar lo comunitario. No como una imagen idealizada de armonía, sino como la capacidad de crear vínculos que puedan alojar la diferencia, el conflicto, la vulnerabilidad y la interdependencia.

Es preciso derribar ciertos mitos. Escuchar no es apresurarse a dar una respuesta. Empatizar no significa creer que comprendemos por completo la experiencia de otra persona. Creer en alguien no es una apuesta riesgosa ni tampoco exige exponerse sin límites.

En ese sentido, la comunidad funciona como una infraestructura: produce confianza, pertenencia, sentido y posibilidades de encontrar apoyo. Cuando esos vínculos se debilitan, no solo quedamos más solas y solos frente al malestar; también perdemos espacios desde los cuales imaginar respuestas colectivas.

Las organizaciones también producen bienestar o malestar

Las empresas y organizaciones son una parte central de esa trama. En ellas transcurre una porción significativa de nuestra vida, se organizan tiempos y expectativas, se distribuyen responsabilidades y se toman decisiones que afectan la seguridad, la autonomía, el reconocimiento y las posibilidades de futuro de muchas personas.

Por eso, la salud mental en el trabajo no puede reducirse a programas reactivos. Es necesario preguntarnos también por las condiciones que producen ese estrés: cómo se distribuye el poder, qué conductas se incentivan, qué voces participan de las decisiones, quiénes asumen los riesgos y qué sucede cuando el cuidado de las personas entra en tensión con la rentabilidad de corto plazo.

Una organización no puede pedirles a las personas que se cuiden mientras sostiene ritmos, relaciones o estructuras que las desgastan. Cuidar exige revisar el modo en que la propia organización funciona.

Esta relación entre propiedad y bienestar también forma parte de una conversación global dentro de Purpose. En un encuentro impulsado por The ImPact, Purpose Foundation y Purpose LatAm dialogaron con BuurtzorgT, una organización neerlandesa de atención en salud mental que trabaja con equipos autónomos, estructuras poco jerárquicas y cuidado en los hogares. Allí surgió una imagen potente: la propiedad funciona como el sistema operativo de una organización, porque define sus incentivos, horizontes de tiempo, relaciones de poder y formas de actuar. En sectores vinculados al bien común, estas decisiones inciden directamente tanto en quienes trabajan como en quienes reciben cuidado. (Purpose)

La evidencia también muestra que las estructuras de propiedad tienen efectos concretos sobre la calidad del cuidado. Un estudio publicado en JAMA observó un aumento del 25,4 % en los eventos adversos intrahospitalarios entre pacientes de Medicare atendidos en hospitales estadounidenses adquiridos por fondos de capital privado, frente a instituciones comparables. En Propiedad responsable en el sector de la salud, Purpose Latam explora cómo otra forma de propiedad puede favorecer la reinversión en infraestructura, equipamiento y formación, y acercar las decisiones a quienes conocen la práctica del cuidado.

¿Qué puede aportar la propiedad responsable?

La propiedad responsable propone comprender la propiedad no solamente como un conjunto de derechos, sino también como una responsabilidad de custodia. Una responsabilidad hacia el propósito de la organización, las personas que la hacen posible, las comunidades con las que se relaciona y los ecosistemas de los que depende.

Desde esta perspectiva, una propiedad que cuida puede contribuir a crear condiciones para que el bienestar no dependa únicamente de la sensibilidad de quienes lideran en un momento determinado. El cuidado puede incorporarse a las reglas de gobernanza, a la distribución del poder, a los mecanismos de participación.

Esto no significa que una determinada estructura de propiedad garantice por sí misma el bienestar o elimine los conflictos. Ningún diseño jurídico reemplaza la escucha, la cultura ni las prácticas cotidianas. Pero sí puede ayudar a que el propósito y el cuidado estén protegidos frente a presiones que privilegian la extracción de valor o los resultados inmediatos.

También permite formular una pregunta necesaria: ¿puede una empresa cuidar verdaderamente a las personas si su estructura obliga a priorizar sistemáticamente otros intereses?

Institucionalizar el cuidado

Construir colectivamente implica crear espacios reales de escucha y participación; reconocer saberes y experiencias diversas; revisar las relaciones de poder; habilitar conversaciones difíciles; y transformar lo aprendido en decisiones concretas.

Significa, sobre todo, dejar de pensar el cuidado como un gesto voluntario o una cualidad personal. Para sostenerse en el tiempo, el cuidado necesita convertirse en cultura, práctica y estructura.

Quizás allí se encuentre uno de los aportes más valiosos de la propiedad responsable a la conversación sobre salud mental: recordarnos que no alcanza con preguntarnos cómo ayudar a cada persona a soportar mejor lo que le ocurre. También debemos preguntarnos qué organizaciones, qué vínculos y qué formas de propiedad estamos construyendo.

Porque nadie se cuida completamente en soledad. Y porque poner la vida en el centro no es solamente una declaración de valores: es una forma de organizar el poder, compartir la responsabilidad y decidir, colectivamente, qué queremos proteger.